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Publicado el 5 de septiembre de 2014

Amy Goodman, con la colaboración de Denis Moynihan

Si el próximo miércoles 10 de septiembre sus sitios web preferidos demoran mucho tiempo en cargar, puede deberse a la campaña “Internet Slowdown”, un día de acción mundial organizado por Battle for the Net, un grupo que defiende la neutralidad en Internet. Quienes participen en esta acción no enlentecerán realmente la red, sino que colocarán en sus sitios web íconos animados que señalen que la página se está “cargando” para simbolizar lo que pronto podría ocurrir con Internet. Los organizadores de la acción denominan a esta señal “la gran rueda giratoria de la muerte”. Mientras gira la rueda, se están redefiniendo las reglas de funcionamiento de Internet. Las grandes empresas proveedoras de este servicio en Estados Unidos, como Comcast, Time Warner, AT&T y Verizon, están intentando cambiar el modo en que se rige nuestra actividad en la red.

La lucha por estas reglas se está librando ahora mismo. Las empresas proveedoras de Internet quieren crear una red de dos categorías, en la que algunos sitios web o proveedores de contenidos paguen para obtener acceso preferencial a los usuarios. Las grandes proveedoras de contenidos como Netflix, una empresa gigante de transmisión de películas en línea, pagarían más para garantizar que su contenido llegue a los usuarios a través de la vía rápida. Pero si, por ejemplo, una empresa nueva intentara competir con Netflix, pero no pudiera pagar a los grandes proveedores de Internet los elevados costos de utilizar la vía rápida, los usuarios podrían sufrir grandes demoras para acceder al servicio y, por lo tanto, no se suscribirían a él.

Internet está protegida de esta práctica discriminatoria de dos categorías mediante la denominada “neutralidad de la red”, un principio fundamental de navegación por Internet que permite a cualquier usuario acceder libremente a la red sin que ninguna empresa censure el contenido ni enlentezca la conexión. El catedrático Tim Wu fue quien desarrolló el concepto de neutralidad en la red. Actualmente, es candidato a Vicegobernador de Nueva York. “El motivo por el cual un millón de personas se tomaron el trabajo de escribir comentarios al Gobierno federal acerca de la neutralidad de la red es que consideran que la igualdad está siendo amenazada y conciben una Internet abierta, que ha sido siempre la base de la igualdad de expresión, en la que la voz de un bloguero desconocido tiene un peso similar al de un periódico poderoso, y dicen: ‘Queremos una Internet abierta. Creemos en una sociedad más igualitaria’. De algún modo, la pasión que despierta la defensa de la neutralidad de la red en este momento refleja realmente una preocupación más profunda con respecto a la creciente desigualdad en este país. La campaña “Internet slowdown” está pensada para mostrar cómo sería tener una red en la que los ricos obtengan una navegación más rápida y los pobres una más lenta. Es como dividir la acera a la mitad, o algo así. Es tan terrible que la gente se ha comenzado a entusiasmar al respecto”.

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Publicado el 29 de agosto de 2014

Amy Goodman, con la colaboración de Denis Moynihan

En su épico libro ganador del Premio Pulitzer “Los Cañones de Agosto”, la historiadora Barbara Tuchman relata cómo comenzó la Primera Guerra Mundial en 1914 y cómo la beligerancia, la vanidad y las políticas mediocres de líderes poderosos llevaron a millones de personas a una muerte sangrienta durante ese conflicto de cuatro años. Antes de que la gente se diera cuenta de que las guerras debían numerarse, a la Primera Guerra Mundial se la llamaba “La Gran Guerra” o “La Guerra que Pondrá Fin a Todas las Guerras”, lo cual no sucedió. Se trató de la primera guerra moderna, con matanzas masivas y tropas mecanizadas en tierra, mar y aire. Podemos mirar esa guerra en retrospectiva, hoy, a 100 años de su comienzo, como a través de un espejo distante. El reflejo de la situación en la que nos encontramos hoy luce desalentador visto desde el país más bélico de la historia de la humanidad, Estados Unidos.

Durante los primeros años del siglo XX, los líderes de los países de Europa tejieron una red de alianzas mediante tratados por los que cada país se obligaba a actuar militarmente en defensa de otro en caso de guerra. Cuando el hijo del emperador austríaco, el Archiduque Francisco Fernando, se encontraba de visita en Sarajevo el 28 de junio de 1914, Gavrilo Princip, un nacionalista serbio de diecinueve años de edad, lo asesinó. Como relata Barbara Tuchman en su libro publicado en 1962, el Imperio austrohúngaro atacó a Serbia, lo cual desató una reacción en cadena, que implicó el involucramiento de Rusia, Francia, Bélgica y Gran Bretaña en la guerra contra el Imperio austrohúngaro, Alemania y el Imperio otomano.

Tras fracasar los planes de guerra de las distintas potencias, se inició un período de despiadada guerra de trincheras durante el cual millones de personas perdieron sus vidas bajo el incesante fuego de morteros, ametralladoras, gas mostaza y modernos aviones equipados con ametralladoras y bombas. Se estima que a lo largo de la guerra habrían muerto unos 9.700.000 soldados y 6.800.000 civiles.

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Publicado el 22 de agosto de 2014

Amy Goodman, con la colaboración de Denis Moynihan

El fantasma de Dred Scott recorre las calles de Ferguson. Miles de personas han participado esta semana en las manifestaciones contra el asesinato por parte de la policía de Michael Brown, un joven afroestadounidense que estaba desarmado, en el barrio de Ferguson, en St. Louis, Missouri. Pocos días antes de comenzar sus estudios universitarios, Brown murió desangrado a causa de los disparos policiales. Fue a plena luz del día. La policía dejó el cadáver del joven tirado en medio de la calle durante cuatro horas, detrás de la cinta policial, mientras los vecinos se acercaban a observar la escena horrorizados. Los ciudadanos protestaron, indignados, y la policía los reprimió con brutalidad. Vestidos con equipos paramilitares y desde vehículos blindados, los policías lanzaron gases lacrimógenos, balas de acero revestidas en goma y granadas de mano, y apuntaron armas automáticas contra los manifestantes. Una gran cantidad de periodistas y de manifestantes que protestaban pacíficamente fueron arrestados.

Las manifestaciones ocurrieron en la Avenida West Florissant, en Ferguson. A 6,5 kilómetros al sur del epicentro de las protestas, en la misma calle, en la tranquilidad del Cementerio de Calvary, yacen los restos de Dred Scott, un hombre que nació esclavo y que se volvió famoso por haber luchado ante la justicia para obtener su libertad. El fallo del caso de Dred Scott, emitido en 1857, fue ampliamente considerado el peor de la historia de la Corte Suprema de Estados Unidos. La Corte falló que los afroestadounidenses, esclavos o libres, jamás podrían ser ciudadanos.

Dred Scott nació en la esclavitud en Virginia alrededor del año 1799 (el mismo año en que murió el Presidente George Washington, un conocido propietario de esclavos de Viriginia). El dueño de Scott se mudó a Virginia y lo llevó a Missouri, un estado esclavista. Fue vendido a John Emerson, un cirujano del Ejército de Estados Unidos. En 1847, Scott entabló una demanda contra Emerson ante un tribunal de St. Louis para exigir su libertad. Scott y su familia ganaron el juicio y su libertad en primera instancia, pero esta decisión más tarde fue revocada por la Corte Suprema de Missouri. El caso luego pasó a consideración de la Corte Suprema de Estados Unidos.

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Publicado el 15 de agosto de 2014

Amy Goodman, con la colaboración de Denis Moynihan

Según lo previsto, pronto se iniciará el juicio en la causa por espionaje iniciada por el gobierno de Obama contra el presunto informante de la CIA Jeffrey Sterling, seis años después de la presentación de cargos en su contra. Aparte de Sterling, se llevará a juicio además a uno de los principales pilares de nuestra sociedad democrática: la libertad de prensa. Los fiscales federales alegan que Sterling filtró información confidencial al autor y periodista del New York Times, James Risen. Risen ha escrito varios artículos en los que saca a la luz asuntos de seguridad nacional. En uno de ellos, publicado en su libro de 2006 “State of War” (en español: “Estado de Guerra"), Risen detalla una operación fallida de la CIA cuyo objetivo era hacer entrega de planos defectuosos de bombas nucleares al gobierno de Irán a fin de perjudicar el supuesto programa de armamento de ese país.

Los fiscales consideran que fue Sterling quien filtró los detalles de esa operación a Risen y pretenden que éste haga pública su fuente ante la justicia. Risen se ha negado hasta el momento a divulgar su fuente, amparándose en las protecciones a la libertad de prensa establecidas en la Primera Enmienda y ha jurado ir a la cárcel antes que “renunciar a todo aquello en lo que creo”, según sus propias palabras.

El rol que juegan las fuentes confidenciales en el periodismo de investigación tal vez haya sido demostrado de manera fehaciente por los periodistas Bob Woodward y Carl Bernstein. Woodward y Bernstein tenían una fuente confidencial apodada “Garganta Profunda” que les dio pistas, les confirmó información y les sugirió “rastrear la ruta el dinero”. Con ayuda de esa fuente descubrieron actos ilícitos llevados a cabo en las más altas esferas del gobierno, los cuales posteriormente llevaron a presentar su renuncia al Presidente Richard Nixon hace más de 40 años, en 1974, a fin de evitar un juicio político.

Aproximadamente en el mismo momento, revelaciones acerca de hechos ilícitos y rotundos delitos en el seno del FBI, la CIA y la NSA suscitaron investigaciones por parte del Congreso que derivaron en la aprobación de nuevas leyes, como la Ley de Vigilancia de Inteligencia Extranjera (FISA, por sus siglas en inglés), la cual se suponía debía controlar los abusos, al exigir órdenes judiciales para la vigilancia.

Pero luego tuvieron lugar los ataques del 11 de septiembre de 2001, y como da cuenta actualmente el sentido común, “todo cambió”. El gobierno de George W. Bush dio inicio a una amplia gama de actividades, entre ellas, tortura, secuestros, escuchas telefónicas sin orden judicial y, por supuesto, la invasión y ocupación de Irak sobre la base de información de inteligencia falsa y de una extensa campaña propagandística, llevada a cabo con amplia complicidad de los medios masivos de comunicación.

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Publicado el 8 de agosto de 2014

Amy Goodman, con la colaboración de Denis Moynihan

“Odio la guerra”, afirmó Koji Hosokawa cuando nos encontrábamos junto a la llamada Cúpula de la Bomba Atómica en Hiroshima, Japón. En un extremo del Parque Conmemorativo de la Paz de Hiroshima se erige el esqueleto de un edificio de cuatro pisos. El edificio fue uno de los pocos que quedaron en pie después de que Estados Unidos lanzara la bomba atómica en Hiroshima el 6 de agosto de 1945 a las 8.15 de la mañana. Tres días más tarde, Estados Unidos lanzó una segunda bomba en Nagasaki. Cientos de miles de civiles murieron, muchos al instante y otros tantos lentamente como consecuencia de quemaduras graves y de lo que más tarde pasó a conocerse como enfermedades provocadas por la radiación.

El mundo observa horrorizado los diversos conflictos militares de la actualidad, que dejan tras de sí solo más destrucción. En Libia y en Gaza, en Siria, en Irak, Afganistán y Ucrania. No muy lejos de los muertos y los heridos de esos conflictos, los misiles nucleares aguardan alertas, en espera del terrible momento en que la arrogancia, un accidente o la falta de humanidad provoquen el próximo ataque nuclear. “Odio la guerra”, reiteró Hosokawa. “Odio la guerra, no a los estadounidenses. La guerra vuelve locas a las personas”.

En 1945, Koji Hosokawa tenía 17 años. Trabajaba en el edificio de la compañía telefónica, a menos de 3 kilómetros de distancia de la zona cero, donde cayó la bomba: “Estaba a tres kilómetros hacia el noreste de esta zona. Allí fui expuesto a la bomba. Había un edificio muy robusto, de modo que sobreviví de milagro”. Su hermana de 13 años no corrió con la misma suerte: “Mi hermana menor también había ido a trabajar y se encontraba a 700 u 800 metros de distancia del hipocentro y allí fue expuesta a la bomba. Estaba con una maestra y los alumnos. En total, las 228 personas que estaban allí junto a ella murieron”.

Caminamos por el parque hacia el Museo de la Paz de Hiroshima. Allí se exhiben las imágenes de la muerte: las sombras de las víctimas quemadas proyectadas en los muros de los edificios, las fotografías del caos que sobrevino a la bomba y de las víctimas de la radiación. Casi siete décadas más tarde, a Hosokawa aún se le llenan los ojos de lágrimas al relatar lo sucedido. “El mayor dolor de mi vida es que mi hermana menor haya muerto por la bomba atómica”, sostuvo.

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